Viene al caso que un dios judío decretó diez mandamientos en la cima de un monte, allá en una península olvidada. Bueno, yo como el Cervantes no quiero acordarme. La medida, que ya de por sí es obsoleta y trágica con las damiselas luchadoras contra el heteropatriarcado, reduce la vida a adorar un dios y a evitar las cosas sencillas que enseña la ética: no robar, no matar, no mentir, honrar los padres, para terminar dictando una regla de convivencia, de sociabilidad, muy espectacular que dice así: No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo. Vaya usted a saber qué decía en las primeras tablas que rompió Moncho, o si acaso eran un duplicado de las primeras, o eran más laxas o menos chatas. No venía al caso más que para recordar lo impropio de un hombre libre siguiendo reglas de dioses. Así, sencillo, sin más adjetivos, lo arcaico y terrible de adorar un dios, de temerle o de hablar con él está representado en su inutilidad y en en esa cómo sumisión estúpida de la humanidad que le habla hace dos mil años sin frutos. ¿Decálogos? Los hay del fotógrafo, del periodista, del bombero, del automovilista, del arrendatario, del viajero interestelar... Ese número diez se ha vuelto cabalístico para todo aquel que pretende llegar a la psique de un pueblo mayormente creyente y vaya que lo logran. Por estos días, mi querido Felipe me compartió unos decálogos para el escritor, los de Monterroso y los de Horacio Quiroga, esos recuerdo, pero seguro también estaban los de Hemingway y los de Zenda y hasta un decálogo para cuentistas. No niego sus mejores intenciones y de él no saqué nada, excepto que en escritura no se ha escrito la última palabra con lo que quedan eliminados todos los decálogos y qué debe escribirse sobre todo. El peligro de un hombre que busca la libertad siguiendo normas de hombres. Yo he escrito sobre todo. Modestia no quita certeza. Escribo con deleite de todo lo que me pasa, aunque algún renglón de los decálogos leídos decía que no se escribe sobre sí mismo y donde me asaltó José María Vargas Vila que me repitió en más de sesenta libros que todo gran escritor sólo escribe sobre sí mismo, que toda gran obra es proyección de su yo interno y que apenas existen tres grandes controversias: la fe, el pensamiento y la rebeldía. Tendría que recordarle a Felipe que se es escritor no por ser reconocido o querido y que el escritor, siendo dueño de su obra, no le pertenece. Es la sociedad quien le coloca en el banquillo de los acusados y le juzga. Es esa sociedad representada en El Túnel dónde apenas una representante de ella, María Iribarne Hunter, nota la ventanita ínfima que le da vida al cuadro y donde los demás no vieron más que colores y tonos que el autor puso allí para terminar aquella obra maestra que fue su ventana del alma. Mi solo blog de insermorusticos tiene cuatro mil páginas y en él escribo con constancia y quedan mis escritos sobre biología, el diario de aventuras, el anecdotario, los koanes, los cuentos, la explicación de cada cosa, los apuntes de Vargas Vila, los pormenores de mis canciones, los cuentos de Liliputh, los cuentos en rojo, mis alegatos housianos, la raíz del Ygdrasil, el informe Z, las historias matemáticas, el acta est fabula... No espero a una María Iribarne Hunter, soy Mersault. No quiero un Baldini porque no soy Grenouille. No necesito a Hallward porque no quiero ser Gray. No requiero inmortalidad ni reconocimiento y tengo que terminar con que mi escritura no fue hecha para masa creyente, el redil debe conformarse con la biblia y La Torá. Amo la transgresión en cualquiera forma, no necesito decálogos, no requiero apoyos en mi causa que es igual a la del Quijote: ir contra molinos de viento, conquistar el casco de oro de Mambrino y viajar en Alígero enderezando entuertos y desfaciendo agravios... hechos a mí.
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