domingo, 23 de agosto de 2026

Est quod est

 Alejandro Power me marcaba para ver como era aquello de mis primeros pinitos en el rock y hasta pensó que podría incluir alguno de mis textos en una edición especial de la revista subterránea Visión Rockera, que se publicó por allá a mediados de los 80's y principios de los 90's. Me halagó pensar que podría poner alguno de mis líbelos en aquella revista. La respuesta de los editores fue tranquila y me pedían que en media página contara como había vivido aquellos años en la evolución del rock que aún no termina y que sentí como un pelotazo y que adjuntara una foto, supongo que para imprimirla en esa media página. Le respondí a Alejandro: Alejandro. Te agradezco. No haré un artículo de media página para recordar cómo era el rock o como lo viví, de eso ya saqué libros enteros y no puede resumirse. Respeté a las chicas y respeto a Visión Rockera. Pienso que más fue tu entusiasmo que el de ellas y es válido completamente. Un abrazo y diles que con amor cierren la edición sin mí. Tampoco estoy interesado en ir a conocer el museo del rock. De nuevo un abrazo." Podría callarme y dejar así y nada tengo contra la revista o sus editores. Mi problema es que no escribo para halagar y esa historia la he contado en mis publicaciones. Claro es que la revista no trataba de una crítica social sino de las bandas nuevas, de entrevistas, de algún concierto, de bandas emergentes, de caricaturas afines al rock que se vivía en la época de los 80's donde nos miraban como bichos raros, de unas reuniones en la 101 que era el centro de acopio y la casa donde escuchábamos música en una grabadora, que no recuerdo ningún tornamesa o disco de acetato. Del inmenso parche en el atrio de la iglesia de La Asunción de donde fuimos expulsados por los fieles sicarios y por lo que tuvimos que ir a parar al centro de Medellín: Mi Estimado, El Rincón del Guasabro, La banca, El Parque del Periodista, La parte trasera del teatro Pablo Tobón Uribe, La Cámara de Comercio de Medellín... Las Ruinas detrás del museo de Pedro Nel Gómez, El Derrumbe arriba en el barrio Popular o en los bajos de una quebrada en Santa Cruz donde nos reuniamos más que a escuchar a rock, a consumir droga. Los K-nabis, Los Hongos, Los Mortikans, Los Magníficos, Los Kaitolés... No bandas, agrupaciones de jóvenes en torno a un sonido, tribus urbanas iguales a las de hoy de donde eventualmente saldrían muchas bandas musicales que le aportarían a la escena un jurgo de ideología y tendencia. Ideología de tribu y tendencia a la violencia y a la droga. Bástese unas doscientas páginas de "Diario de un Skin" para enterarse que no ha habido más que manipulación en el rock y en la juventud y que apenas si hemos servido como medio, que nuestras propias tendencias autodestructivas no nos dejan servir como fin. Claro, allá en ese texto la vida de España y acá cualquier visión es apenas un asomo donde para contar la verdad habría que herir a muchos que aún son grado 33 de la masonería rockera y para decir mentiras bástese los libros publicados hasta la fecha por rockeros incomprendidos que presentan el rock como una panacea, como un mesías que vino a salvar la juventud, como un enviado del infierno a remover vetustos cristianos... La verdad es otra y a nadie le interesa: El rock no cambió nada, acentuó lo existente y promovió más divisiones, la rebeldía se quedó en una centena de pacos de bareta, en miles de botellas de alcohol Alhelí con gaseosa o en El Chamber como cariñosamente le llamábamos a el Tequila Smith Antioqueño y en unos miles de paquetes de perico y nos volvimos estrellas de barrio con el mismo afán de capitalizar la música en forma de disco o cassette, en forma de camiseta y pegatina, en forma de clase magistral  e ideología. No Alejo, esta historia es muy larga y apesta a fracaso, no hubo triunfos, apenas pírricas victorias, no salimos indemnes quedamos cuadrapléjicos y con un ACV de por vida y para contarlo se necesitan varios tomos.

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